martes, 19 de octubre de 2010

El tren de la vida.-

La vida es como un tren que tiene un solo recorrido y va a en una sola dirección: siempre hacia delante. Pasa por muchísimas estaciones en ese recorrido, pero sólo se detiene una sola vez en cada estación. A veces se detiene mucho tiempo en una estación, otras veces menos. Tal vez, podríamos olvidarnos algo en la estación en la que nos detuvimos, pero no podemos volver a buscarlo, porque el tren no va a volver a pasar por ahí. Depende de nosotros olvidarlo y seguir adelante como el tren, o recordarlo y vivir angustiados siempre, por eso que no podemos recuperar. Es cierto que no se puede volver a traer el tiempo transcurrido, no se puede volver a la estación,  pero lo que haya ocurrido en ella es intocable, invulnerable, y por esto, el tiempo fugaz no es sólo un ladrón, sino también un depositario fiel.
En éste sentido, no me arrepiento de las posibilidades que he perdido, si no que más bien, agradezco las realidades que tengo en mi pasado, y no sólo las realidades de las obras realizadas, sino también la del amor que he amado y la del sufrimiento que he sufrido.
Todo lo bueno, todo lo hermosos del recorrido, está guardado en una estación fuera de peligro. El pasado, afortunadamente, está establecido, y por lo tanto asegurado. Mientras que el futuro está “abierto”, no sabemos cuál va a ser la próxima parada ni hasta donde va a llegar el recorrido, por que el futuro está abierto a nuevas posibilidades, que corren por cuenta de uno mismo, actos de los cuales debemos hacernos responsables.
El problema es que, en la responsabilidad, hay algo abismal. Y cuando más recapacitamos sobre ella, más nos percatamos de eso, hasta que sentimos una especie de vértigo. Como cuando el tren va a toda velocidad, depende de nosotros disminuirla o directamente ponerle un freno. Entender nuestra responsabilidad debe provocarnos escalofríos, porque hay algo terrible en ella, pero al mismo tiempo, algo maravilloso. Es terrible saber que en cada momento soy responsable del siguiente momento; que cada decisión, por más mínima que sea, es para toda la eternidad; que en todo momento estoy realizando una posibilidad entre millones de posibilidades de ese momento único. Por otra parte, cada momento encierra en sí miles de posibilidades, y yo no puedo elegir más que una sola que realizar, pero con esto quedan condenadas todas las demás, quedan destinadas a no ser jamás. Pero es maravilloso saber que el futuro, el mío y el de todas las personas que están a mí alrededor, depende, de alguna manera, de la decisión que tome yo a cada instante.

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